Valiente Glotón

En una pequeña aldea, situada en la cercanía de uno de los bosques más grandes de la región del Norte, existía un aventurero intrépido, que no era alto o fuerte como los ostentosos hombres de armadura del Reino, ni sabio como los letrados hechiceros.

Poseía en su lugar una agilidad envidiable, destreza y flexibilidad que le permitían pasar desapercibido entre multitudes, una visión excepcional y mucho pelo por todo su cuerpo, sí, pelo color gris desde sus orejas puntiagudas hasta su juguetona cola.

—¡Glotón, gatito! ¡Ven a comer!— gritó una pequeña niña desde la ventana de su habitación, en un cabaña construida totalmente con madera, rodeada por plantas, árboles y flores que su padre, un granjero, había plantado especialmente para ella.
—¿Dónde estás Glotón?— insistió al no obtener respuesta.

A lo lejos, en la cima de un árbol, descansaba un gato cuyo pelaje gris reflejaba el brillo del sol cual armadura de plata.
Glotón como le nombró la niña, observó con las orejas izadas y sus ojos color verde esmeralda el plato de comida, un señuelo que su dueña utilizaba para poder acariciarlo.

—¿Por qué insiste en llamarme Glotón? ¡Aaahh!— maulló con desesperación —¡Odio ese nombre! Ni siquiera estoy tan regordete como ella cree ¡Soy atlético!— alzó su rostro con orgullo y aguantó la respiración para disimular la dimensión de su estómago.
—¡Ven a comer Glotón!— insistió la niña.

El gato intentó darle la espalda a su dueña en señal de desprecio a su nombre, sin embargo el aroma de su alimento favorito lo atrajo con un poder hipnótico que en ese momento olvidó por completo su odio a la palabra “Glotón”.
La entusiasmada niña recibió a su gato con una amplia sonrisa. Dejó el plato en el marco de la ventana y observó cómo el minino consumió hasta las últimas migajas.
Como agradecimiento, Glotón se acostó en el regazo de su dueña, permitiéndole un par de caricias en la barriga.
Así, el gato poco a poco se quedó dormido bajo el abrazo suave de la niña.

La exquisita siesta del gato le deleitó con un singular sueño, el minino se encontraba envuelto en una capa roja, posado sobre sus dos patas traseras y sujetando con valor una brillante espada; como caballero, como guardián de la Reina —su dueña— quien vitoreaba su nombre.
—¡Eres muy Valiente!
Abrió los ojos exaltado ¡finalmente había encontrado su nombre! Uno que se ajustaba perfectamente a su personalidad.
—¡Ahora seré Valiente! No habrá nada que me detenga— observó a su dueña, rendida también ante el sueño.
—Supongo que todavía es muy temprano para intentarlo— regresó a su siesta.

Gloton

El gato ansiaba demostrar que podía adquirir un nuevo nombre, así que esa misma tarde mientras su dueña ayudaba a los adultos con tareas domésticas, salió en busca de aventuras.

Glotón emprendió su camino como un osado guerrero de la realeza que visita territorios enemigos para rescatar doncellas y acabar con los dragones que las aprisionan.
Exhalaba entusiasmo mientras se arrojaba contra todos los adversarios que salían a su paso, la mayoría eran mariposas, saltamontes y una gran variedad de insectos que no estaban a su nivel.

Glotón se topó con la cerca que marcaba el final de la granja; ese era el límite de su territorio.
Por primera vez estaba decidido a no dejar que nada lo detuviera, ni siquiera aquel muro. Tomó aire y dio un enorme salto para cruzar el cercado de madera.
Descendió con la elegancia del viento para encontrarse de cara a un nuevo mundo. Sus ojos esmeralda se abrieron al contemplar un verde más profundo y espeso.

—¡Soy Valiente! Ese es mi nuevo nombre— alzó su cola con presunción y continuó su camino en un nuevo Reino.

¿Qué encontraría en ese lugar? ¿Monstruos, doncellas o tal vez las dos cosas?

El autoproclamado Valiente, vagó entre los árboles sin conocer con exactitud su posición, escuchó el sonido de los pájaros sin mostrar una pizca de miedo, persiguió con coraje a un grupo de insectos y capturó a una temible luciérnaga.
—¡No hay nada en este reino que pueda contra mí!— declaró, y continuó su camino con mayor firmeza.

Rodeó un hermoso lago lleno de flores multicolores, tomó un poco de agua y se detuvo para observar su reflejo, estaba seguro que no era un regordete, alzó su mirada, se vio de perfil con vanidad y sonrió mostrando sus colmillos.

Escuchó a lo lejos un hermoso canto, la voz de una mujer que se diluyó en sus oídos para provocar un sedoso deleite. Era algo que nunca había sentido, su pequeño corazón comenzó a latir con mayor velocidad.

Corrió sin pensarlo, tratando de encontrar el origen de la hermosa voz. Se aceleró con destreza, esquivando ramas, troncos, arbustos y las poderosas fieras de ese Reino: ranas, luciérnagas y mariposas.
Llegó a una vieja torre de piedra en medio del bosque, levantó su mirada y detectó una ventana de donde parecían surgir aquellas notas musicales. Trepó con pericia por un árbol, se colgó de una rama y dio un enorme salto al marco de la ventana.

Y ahí, dentro de la torre encontró una enorme biblioteca, sombría y con un aroma singular a humedad que le provocó un par de estornudos.
Había hojas de libros tiradas por doquier, símbolos extraños en las paredes y ningún rastro del origen de esa voz.

—¿Quién eres tú?— intervino una voz femenina. Valiente giró su cuerpo para encontrar sobre una endeble mesa de madera, una pecera en forma de esfera y en su interior a una pequeña sirena.
Lo primero que saltaba a la vista era su enorme y esponjado cabello rojo, ojos que parecían haberse impregnado del color del cielo y una cola escamosa pero brillante como si las esmeraldas se hubieran fusionado a su cuerpo.
—Mi nombre es Valiente— alardeó el felino. Era la primera vez que usaba ese nombre.
—Es un nombre muy imponente— respondió la sirena.
—¿Y cuál es el tuyo? ¿eres una princesa? Hueles muy bien— expuso Valiente, con la inocencia de un niño enamorado de la fantasía.
—No lo soy— sonrió la sirena sonrojada —mi nombre es Undina.
—Tu voz es tan hermosa como tu canto— titubeó el gato.
—Eres muy amable, Valiente.

El gato se sintió ruborizado, le encantaba escuchar ese nombre ¡Valiente! Sin duda esa palabra reflejaba con mayor facilidad su personalidad.

—¿Podrías cantar nuevamente?— preguntó tímido.
—¡Claro, querido Valiente!

UndinayValiente

La hermosa Undina deleitó los oídos del gato con su suave canto, lo transportó entre las nubes sin separar sus patas del suelo.
Valiente soñaba despierto, en un mundo cubierto con cajas de cartón y repleto de ratones sólo para él.

Sin embargo unas poderosas pisadas interrumpieron la suave voz de la sirena.
—¡Está aquí! ¡Debes irte Valiente, de prisa!—la respiración de la sirena se había acelerado al instante.

Valiente la observó con detenimiento, no le gustaba que la hermosa sirena cambiara ese rostro afable y alegre que le había mostrado al principio, por uno lleno de miedo.

—¿Qué sucede Undina?
—Por favor debes irte o él te hará daño— susurró con urgencia.
—¿Quién?
—El hechicero de la torre…—titubeó la sirena.
—¡No te preocupes, yo acabaré con él!
—No puedes, es muy poderoso y podría hacerte daño, por favor Valiente debes irte.
—Entonces regresaré mañana— puntualizó el gato, sus ojos verdes brillantes se apagaron por un instante debido a la preocupación.

El gato dio un enorme salto hasta la rama más cercana y se escondió entre sus hojas.

Y entonces pudo verlo, el hechicero entró a la biblioteca con una sonrisa que provocó escalofríos en el pequeño gato que tímidamente se encorvó ante la presencia de su ahora enemigo.

El extraño hombre de sombrero puntiagudo, cejas pobladas y oscuras, ojos dorados y barba canosa, vestía una rudimentaria túnica gris.
Valiente recordó esas viejas historias que su dulce dueña le leía todas las noches, donde los magos eran aliados bondadosos de los héroes y les ayudaban a vencer a sus enemigo.
Ese hechicero lucía diferente, iba en contra de todo lo que creía.

—Undina ¿estabas cantando nuevamente?— su voz carrasposa erizó la cola de Valiente —Nadie podrá escucharte, no hay oído humano que pueda percibir tu voz, así que no lo intentes.

La sirena se encogió en la base de la pecera, sus escamas brillaban suavemente mientras temblaba ante la mirada de su captor.

—Eres una especie rara y seguramente podré hacer algo contigo, alguna poción, algún hechizo. Pero necesito más tiempo— amenazó.

El oído agudo del gato le permitió escuchar cada palabra, el miedo lo consumió cuando fuertes relámpagos anunciaron una terrible tormenta.
Descendió del árbol a toda velocidad. Su carrera de regreso a la cabaña se acompañó de una sensación fría en cada parte de su cuerpo.

Glotón acababa de perder el valor de su nombre, volvió a casa y se refugió de la lluvia, los truenos, el frío y la potente luz de los relámpagos en brazos de su dueña, mientras seguía preocupado por la dulce sirena que acababa de conocer.

Descanso gato

A la mañana siguiente, Glotón pasó gran parte del día en su árbol favorito, seguía pensando en la sirena y en la situación en la que se encontraba.
Había sido un golpe de realidad, el gato no era fuerte como un guerrero y no podía rescatarla.

—¡Glotón! Ven a comer— gritó su dueña.
—¡No soy Glotón!— replicó con un fuerte maullido, como si de un llanto se tratara.

Si de verdad quería brindarle un significado a su nuevo nombre, necesitaba rescatar a la hermosa sirena de ese temible hechicero.

—¡Glotón!— gritó nuevamente la niña.

El gato, decidido a salvar a Undina, olvidó su apetito voraz por ese platillo que su dueña traía en sus manos y saltó rápidamente por la barda, el límite de dos Reinos.
Cruzó ágilmente por el bosque y el lago que parecía mágico, hasta llegar a los pies de la torre de piedra.
De repente, reapareció esa hermosa melodía de Undina, era un llamado para Valiente, estaba seguro que era la señal que indicaba la ausencia del hechicero.
Con gran destreza el gato trepó por el árbol, se colgó de la rama con ayuda de sus filosas garras e ingresó a la extraña biblioteca.

—¡Regresaste Valiente!— sonrió la sirena, su piel blanca reflejó un leve sonrojo.
—Te ayudaré a salir de aquí Undina— le dijo sin un ápice de miedo.
—No te preocupes por mí Valiente, no hay forma en que puedas ayudarme. Tu compañía es más que suficiente.
—Romperé la esfera y te llevaré hasta un lago que se encuentra cerca, estoy seguro que puedo ser lo suficientemente rápido para lograrlo— insistió.
—Si mi cuerpo pierde contacto con el agua, se cristalizará— agregó la sirena cabizbaja —me convertiré en cristal…

El gato estupefacto, agachó sus orejas puntiagudas en señal de desilusión. Valiente se sentía frustrado por ser un simple felino, un felino pequeño, esponjoso y glotón.
No podía hacer nada por la sirena.
Undina vio en los ojos grandes y esmeralda de Valiente la preocupación provocada por su noticia.
Comenzó a cantar, dedicándole una vez más aquella dulce melodía para tratar de reconfortarlo.
Valiente se acostó sobre sus cuatro patas, observó con ternura a la sirena y se deleitó con su canto.

Ambos se unieron en un mundo mágico, donde las prisiones de cristal o de piedra no existían; donde Valiente lucía una enorme capa roja y una espada poderosa para custodiar el lago en donde Undina podía nadar y cantar libremente.

El tiempo se transformó en un sueño y ese sueño unió a dos corazones.

Desde entonces, todos los días, Valiente recorría el bosque hasta la torre de piedra, donde la hermosa Undina lo esperaba para cantar y pasar un atardecer en el hechizo de la fantasía, de lo imposible, la libertad de una sirena y el verdadero valor del nombre de un gato.

El arribo del hechicero era lo que culminaba aquel encuentro, era la señal para regresar a la realidad.

Descanso gato

Fue en el cuarto atardecer cuando el hechicero irrumpió en la torre más temprano de lo usual. Glotón y Undina se despidieron con premura, el gato saltó fuera de la ventana y se escabulló entre las ramas de un árbol.

Solía emprender rápidamente su regreso a casa, sin embargo algo en ese arribo misterioso (o tal vez fue su intuición felina), lo hizo esperar unos cuantos minutos.

—Mi querida sirena, ya sé qué es lo que haré contigo— vociferó con alegría —¡encontré algo para lo que me serás muy útil!— presumió el hechicero, dejando caer sobre la mesa un viejo y polvoriento libro.
—Lo descubrí, no muy lejos de aquí, en este libro vienen pociones perfectas para utilizar tus escamas— sonrío con profundidad mientras jugaba con las páginas.

Glotón sintió cómo sus cuatro patas perdían fuerzas.

—Mañana será el día— el hechicero se posó en su escritorio y prosiguió a leer ese viejo libro.

La pecera que aprisionaba a Undina se llenó de pequeñas burbujas esmeralda, eran las lágrimas de una sirena que descubría su futuro fatal.

Glotón regresó a casa sin fuerzas, con la cabeza abajo y la mirada perdida. Ni las mariposas, ni las luciérnagas que se cruzaron por su camino cambiaron su gesto derrotado.

En los brazos de su dueña, donde se sentía seguro, se recostó mientras escuchaba la lectura de uno de los tantos libros de aventura que atesoraba la niña.

Era imposible quitar a Undina de su cabeza y mucho menos las palabras del hechicero. Hasta que su ama recitó una parte específica de una novela.

—“…el héroe encontró la llave escondida en la misma prisión donde había sido encarcelado, lo único que necesitaba era tener la mente fría; pues las respuestas siempre se encuentran en el mismo problema…”

Los ojos de Glotón brillaron, sabía que en la torre existían numeroso libros, pociones y herramientas, algo de todo eso podía servirle para salvar a la hermosa sirena.

Al recordarla sus palpitaciones se aceleraron, el gato no iba a rescatarla únicamente para ser valiente y recuperar el nombre que tanto anhelaba, lo haría porque se había enamorado de ella.

Descanso gato

—¡Mi nombre es Valiente!— exclamó el gato, saltando con agilidad sobre la barda que dividía dos Reinos.

Como todos los días, llegó puntual a la torre del hechicero. Subió por el árbol más cercano a la ventana y de un salto descendió sobre la mesa donde se encontraba una sirena en una pecera redonda de cristal.

—¡Valiente!— exclamó Undina —me alegra mucho verte— sonrió, un gesto que al parecer había practicado durante muchas horas, pero que era una evidente farsa para evitar la preocupación de su felino amigo.
—El hechicero me ha dicho que me liberará esta noche en el mar, lejos de aquí ¿no crees que es una buena noticia?— mintió.

Undinadig

Valiente la observó fijamente a los ojos.

—Creo que no volveré a verte, ya no tienes que preocuparte por mí, estaré bien— insistió al no recibir respuesta del gato.
—Undina— replicó Valiente —escuché todo lo que dijo el hechicero ayer, pero no te preocupes ¡yo te liberaré!

Las mejillas de las sirena de inundaron de lágrimas esmeralda con un brillo sin igual, Valiente la había descifrado con mucha facilidad.

—Por favor— insistió ella  —no te preocupes por mí, el hechicero podría dañarte si se entera que has intentado ayudarme… y no sólo te lastimaría a ti, también a tus seres queridos ¡déjame aquí y vete!— suplicó.
—No lo haré, ¡Mi nombre ahora es Valiente!

El gato recorrió toda la biblioteca, tratando de encontrar ese algo que funcionase como llave para salir de la prisión de la torre.

Sin embargo no había libro alguno que pudiera entender, no había herramientas que pudiera utilizar ni fórmulas químicas que pudiera aplicar.
Valiente, se sentó sobre sus dos patas traseras, dándole la espalda a Undina ¿le había fallado? ¿estaba dispuesto a dejarla sin confesarle sus sentimientos?

En ese momento una pequeña estantería llamó su atención, era un mueble rústico de madera al fondo de la habitación de piedra, donde el hechicero tenía diferentes frascos de pociones marcadas con siluetas oscuras.

Esas siluetas las conocía, las podía descifrar e intuía para qué servían. El felino se levantó, desconcertando a la hermosa Undina, se acercó a los frascos para ver con detalle los diferentes dibujos.

Había ranas, caballos, mariposas y lechuzas; pero al final encontró uno que poseía la silueta de un hombre.

—¿Será que puedo convertirme en humano?

Undina entornó sus ojos y cubrió sus labios con sus manos, asustada al escuchar a Valiente ¿sería capaz el gato de arriesgar su vida por intentar salvarla?

—¡Detente Valiente! No lo hagas, es peligroso.

Pero Valiente quería hacerlo, tomó el frasco con la silueta de un hombre y lo arrojó al suelo, rompiendo el cristal y esparciendo el líquido por todo el suelo de piedra.

El felino se acercó con cuidado y ante los atónitos ojos de Undina, comenzó a beber la poción con su lengua filosa.

—¡Valiente nooo!— pero el gato seguía sin prestarle atención mientras su corazón amenazaba con salir de su pecho.

De repente, una espesa neblina blanca cubrió al gato mientras Undina gritaba su nombre una y otra vez.

La bruma poco a poco se despejó, revelando el cuerpo de un hombre desnudo, con los ojos verde esmeralda, el cabello grisáceo y brillante; era Valiente hecho hombre ante la desconcertada mirada de la sirena.

—¡Mira Undina, tengo manos, puedo salvarte ahora!

Ella sonrió al ver que su amigo se encontraba bien, vivo y con la misma energía que le caracterizaba.

—Sentí mucho miedo Valiente— suspiró.

El gato hecho hombre tomó entre sus brazos y con ligera torpeza, la esfera de cristal en la que se encontraba la sirena.

—El hechicero no está en casa, puedes salir por las escaleras— Undina había recuperado la esperanza de la libertad, señaló la puerta de salida.

Valiente con movimientos torpes y vacilantes, caminó despacio para después enfrentarse a un reto todavía mayor, las escaleras.
Tratando de no perder el equilibrio, descendió escalón por escalón; su pecho saltaba a un ritmo acelerado, se sentía nervioso pues los cuerpos de los hombres eran torpes en comparación de los de un felino.

A medida que avanzaba, sus manos temblaron con mayor insistencia, hasta el punto en que tuvo que detenerse por completo.
Respiró profundo y sintió a través de la piel de un humano, la calidez que Undina le transmitía.

—Todo estará bien Valiente— se sonrojó la sirena.

Finalmente lograron salir de la torre y aunque había perdido su cuerpo de gato, Valiente seguía teniendo esa profunda habilidad de orientación.
Así que emprendió el camino hacia ese lago que se encontraba justo en medio del bosque.
Pasó entre ramas, piedras y pasto, sintiendo con mayor delicadeza las texturas del bosque que lastimaban sus pies.

<<¡Los humanos son tan frágiles!>> pensó.

A lo lejos distinguió el lago, sonrió porque estaba a punto de terminar su misión y rescatar a su amada.

Sin embargo un misterioso escalofrío invadió cada parte de su cuerpo. Sus extremidades se llenaron de un pelaje grisáceo y brillante.
Su espalda se encorvó levemente y una elegante cola felina se alzó en el aire. Bigotes brotaron como agujas por encima de sus labios, sus orejas se afilaron y sus ojos se delinearon con una pupila rasgada.

La poción perdía efecto, pero Valiente seguía caminando, conservaba algunos rasgos humanos esenciales para su misión, las manos que sostenían la pecera y las plantas de los pies para mantener el equilibrio.

—¡Ya casi llegamos!— las lágrimas brotaron desesperadas de los ojos verde esmeralda de Valiente, depositándose en la pecera con una sirena que miraba agradecida el esfuerzo del gato.
—Valiente, no te preocupes más por mí, estaré bien…quiero que sepas que me has regalado los mejores días de mi vida, un corazón cálido como el tuyo no debe, jamás, estar triste ¿me lo prometes?— Undina sollozó en una despedida inevitable.
—Undina no lo hagas por favor, te llevaré a salvo al lago, ahí estarás bien y podrás nadar libremente ¡seguirás cantando y yo cuidaré de ti!— las lágrimas de Valiente conmovieron con mayor intensidad a Undina, quien tomó impulso para saltar y obsequiar un beso en la nariz de un gato que acababa de brotar.

Fue así, que las manos y las piernas, lo último de humano que quedaba de Valiente, regresó a su forma natural; la pecera resbaló y se estrelló en el suelo a unos cuantos pasos del lago.

Valiente chilló y la sirena, en medio de las piezas rotas de su prisión, se transformó en un cristal con tonos turquesas.

El gato tomó a la sirena con su hocico, mientras las lágrimas seguían recorriendo sus mejillas hasta caer en la forma fría y dura en la que se había convertido Undina.

Valiente perdió a su amada.

Descanso gato

El gato consiguió llegar a la orilla del lago, con delicadeza colocó a la sirena hecha cristal en el agua; la vio descender hasta que el fondo ocultó el brillo turquesa.

Maulló todo lo que pudo hasta que su garganta se cerró. Miró al cielo y pidió perdón a Undina, mientras sus ojos seguían derramando gotas que marcaban ya surcos en su pelaje.

Un intenso brillo sacudió el lago, Valiente cerró los ojos ofuscado por la luz.

Cuando se desvaneció, un hermoso canto llegó a sus orejas de gato, que podían percibir hasta los ruidos más pequeños del bosque.
Esa voz le era familiar y entonces la descubrió.
Undina reposaba cerca de una piedra al centro del lago, cantaba con dulzura mientras observaba sonrojada a su valiente héroe.

—¡Undina!— exclamó el gato.
—¡Valiente! Gracias por salvarme… tus lágrimas me mantuvieron con vida— titubeó la sirena, como si su garganta se cerrara de golpe.
—¡Undina!— sonrió Valiente. La sirena nadó hasta él y le obsequió un beso más.

Descanso gato

—¡Glotón, gatito! ¡Ven a comer!— gritó una pequeña niña desde la ventana de su cuarto, traía entre sus manos un enorme plato con trozos de comida.
—¡Glotón!— continuaba, hasta que un gato de pelaje grisáceo y brillante, descendió de su árbol favorito.
—Glotón ¿estabas dormido pequeño?— la niña abrazó a su gato, lo acarició y lo vio comer para después abandonar la habitación ante el llamado de sus padres.

—Glotón, me gusta ese nombre— murmuró el gato —creo que queda a la perfección ¡Valiente Glotón! Después de todo, se necesita comer mucho para lograr actos heroicos— sonrió.

Sin su dueña a la vista salió de prisa, saltó la barda que dividía Reinos, atravesó el bosque mientras derrotaba a todos los insectos enemigos hasta llegar a un hermoso lago.

Todos los días era así, en el centro de ese bosque se encontraba siempre a un gato sentado en la orilla, moviendo la cola con suavidad de un lado a otro, con los ojos cerrados escuchando una melodía que solo él podía percibir; el canto de una hermosa y libre sirena.

Valiente Glotón aprendió muchas cosas gracias a ella, descubrió que en los mismos problemas está la respuesta, que son nuestras acciones lo que dan significado a nuestros nombres y que siempre es mejor ser un gato que un hombre.

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